martes, 23 de febrero de 2010

Identidad murciana y tolerancia (*)

Diego Jiménez

Sorprende la polémica que se ha desatado en Murcia a partir de la petición del abogado José Luis Mazón de la retirada de la efigie del Sagrado Corazón de Jesús de Monteagudo. A raíz de ella, voces interesadas se han alzado reclamando la pervivencia de ese monumento como un símbolo más de la identidad murciana, al tiempo que ponen en cuestión el supuesto laicismo de quienes apoyan la iniciativa de Mazón en la medida en que, en múltiples aspectos de su vida, no han renunciado a secundar las prácticas religiosas en aspectos tales como celebraciones navideñas, asistencia a bodas, comuniones, etc. Argumento de escaso valor por cuanto confunden 'churras con merinas'.

A cualquier observador no se le escapa el hecho de que muchos actos adornados de esa supuesta religiosidad popular no son sino expresiones culturales que la fuerza de la costumbre han consolidado, impregnando la vida cotidiana de muchas personas que, sin embargo, desearían que la sociedad diera pasos decididos hacia el laicismo. Porque, en contra de lo que común y frecuentemente se afirma, España no es un Estado laico, sino aconfesional. Así se expresa claramente en el artículo 16.3 de nuestra Constitución. Francia sí es un Estado laico (desde 1905). Y laico fue el Estado surgido de la Constitución de la II República Española, al afirmar claramente en su artículo 3: "El Estado Español no tiene religión oficial".

Particularmente partidario de que nuestro Estado se desprenda, de una vez, del lastre que supuso la firma de los Acuerdos de 1979 con el Vaticano -suscritos, como se sabe, a escasos días de la promulgación de la Constitución de 1978-, he de decir, sin embargo, que creo que el debate actual no es sino una 'cortina de humo' más que esconde otros asuntos realmente importantes que sí deberían estar presentes en la preocupación cotidiana de los murcianos, como la crisis económica y sus secuelas, que tanta angustia y desazón causan a miles de familias de nuestra Región. Por ello, resulta chocante que este asunto de Monteagudo concite el interés de un millar de personas (las que se congregaron hace unos días frente al Ayuntamiento de la capital murciana) que, seguramente, muestran un tremendo desinterés por la 'cruz' (ésa sí) que soportan tantos conciudadanos que intentar sobrevivir, día a día, conviviendo con la incertidumbre sobre su futuro más inmediato. Y preocupante es que la reivindicación de la permanencia del Cristo de Monteagudo se mezcle con la exhibición de insignias y signos de ultraderecha. Tales actos refuerzan la posición de quienes, desde nuestra convicción de que es preciso guardar el máximo respeto a la libertad ideológica y las creencias religiosas de cada cual, defendemos que es necesario caminar hacia la gradual reducción de las manifestaciones religiosas al ámbito de lo meramente privado y personal. En una España moderna, que debe superar de una vez las ataduras a atavismos religiosos propios de otras épocas, no tiene sentido, por ejemplo, la ostentación pública de su fe religiosa de que hacen gala, con mucha frecuencia, los miembros de la Familia Real. Como tampoco, la constante apelación al rito católico con ocasión de los funerales de Estado ante un hecho luctuoso.

Dicho esto, creo que en el debate suscitado hay que imponer un mínimo de racionalidad y cordura. Está claro que hay que respetar a quienes ven en la efigie de la colina de Monteagudo un símbolo de nuestra identidad murciana, pero, a renglón seguido, hay que pedirles que respeten también otras identidades que han forjado nuestro pasado común, como la cultura islámica (con restos como el propio castillo de Monteagudo, el arrabal descubierto en San Esteban, la muralla árabe de Murcia...) ésa que, por cierto, fue vilipendiada en la concentración que arriba cité. Como algunos respetamos y valoramos el inmenso aporte que para nuestra cultura común de Occidente han supuesto las obras artísticas religiosas. Por ello pierden credibilidad quienes piden la preservación 'in situ' del Cristo de Monteagudo deslizándose por la senda de la intolerancia, pues evidencian con ello la defensa de otros intereses ocultos.

(*) Artículo publicado en LA OPINIÓN de Murcia. / 23-02-10

7 comentarios:

LEON dijo...

brillante y valiente reflexión Diego.

jlmazon dijo...

Bueno, la lectura de La Opinión de hoy me ha permitido hallar dos artículos de contenido sensato en relación a mi peticion de retirada del Cristo de Monteagudo, creí que esta tierra estaba desasistida de personas con cabeza y que todos o los más eran fieras humanas exaltadas azuzadas por pastores políticos (y otros idiotas como el psoe) interesados en sacar provecho del revuelo.
Ah, si miras el Diccionario de la Lengua, "aconfesional" y "laico" significan respecto del Estado que no tiene religión oficial y no existe otro sitio donde el valor de las palabras esté mejor documentado. Saludos, jose luis mazón.

Clares dijo...

Yo lo que no sé es de qué va esto ni quién paga. A mí me parece harto sospechoso el momento y el objeto.
Para mí no es seña de identidad, es sólo parte de mi memoria visual y de localización. Entiendo el fundamento jurídico, pero no las intenciones. Como el señor Mazón ha intervenido y no precisamente desde una posición clara, sino insultando, pues no digo más, que yo en esas cosas no tengo gusto de entrar.

Amigo Diego, por si quieres leer algo interesante, te dejo el enlace a un artículo de mi hermano, un especialista en iconografía religiosa, laico y no creyente, según creo.

http://gallinacieganotonta.blogspot.com/search/label/Coraz%C3%B3n%20de%20Jes%C3%BAs...

Creo que te interesará toda la información que contiene.

Clares dijo...

http://gallinacieganotonta.blogspot.com/2010/02/corazon-de-jesus.html

Vuelvo a poner el enlace, que antes ha quedado un poco raro y no sé si entrará.

Diego Jiménez dijo...

Gracias León por tu estímulo. Gracias, Fuensanta, por la reseña, que leeré tan pronto pueda.

Amigo José Luís. Te agradezco el comentario que haces a mi entrada en mi blog en relación con mi último artículo de La Opinión sobre la efigie de Monteagudo. Y, aunque sé que eres jurista, me permito un matiz sobre los términos aconfesional y laico que, según tú, en el diccionario se identifican. Efectivamente, la primera acepción del término “aconfesional” del diccionario de la R.A.E es “ Que no pertenece o está adscrito a ninguna confesión religiosa”, mientras que la segunda acepción del término ”laico” en ese mismo diccionario es “Dícese de la escuela o enseñanza en que se prescinde de la instrucción religiosa”. De modo que, según esta segunda definición, en la medida en que la religión católica sí está presente en el sistema educativo, bien que con oferta voluntaria a las familias, y en la medida también en que, como digo en mi escrito de La Opinión, según el artículo 16.3 de la actual Constitución de 1978, “…los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y demás confesiones”, se desliza un matiz que hace que el término “aconfesional” difiera sustancialmente del término “laico”, pues es sabido que, entre otras medidas, el Estado laico de la II República española procedió a la expulsión de la Compañía de Jesús por prestar obediencia a Roma y no a la autoridad civil, decretó la jurisdicción civil de los cementerios, prohibió a las congregaciones religiosas el ejercicio del comercio, la industria y la enseñanza, etc., etc., medidas que, hoy por hoy, resulta inviable que se atreva adoptar el Estado Español, entre otras cosas porque mantiene los vergonzantes Acuerdos con el Vaticano de 1979, que también cito en mi artículo.

Un cordial saludo
Diego Jiménez

JUAN BERBELL MARIN-CARAVACA dijo...

Estimado Diego, tus artículos son siempre para mí de gran interés, los leo siempre y estoy en sintonia con tu línea. Nunca te he felicitado pero esta vez lo has bordado. Enhorabuena.

Diego Jiménez dijo...

Me siento muy halagado por tus palabras, amigo Juan. Un abrazo.