martes, 19 de abril de 2011

A OCHENTA AÑOS DE AQUELLA REPÚBLICA


Proclamación de la II República en la Puerta del Sol de Madrid


http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2011/04/19/ochenta-anos-republica/317400.html

"El país arrastraba, además, unos lacerantes niveles de atraso económico, social y cultural que lo colocaban en el furgón de cola de Europa"

DIEGO JIMÉNEZ

Hace unos días, se conmemoraba el ochenta aniversario de la proclamación de la II República, hecho que despertó un enorme caudal de ilusión en la sociedad española de los años 30 del pasado siglo, pues la monarquía borbónica había sostenido un régimen basado en el caciquismo, la corrupción electoral, una dictadura —la de Primo de Rivera— y la guerra colonial de Marruecos. El país arrastraba, además, unos lacerantes niveles de atraso económico, social y cultural que lo colocaban en el furgón de cola de Europa. En ese contexto, surge en nuestro país un proceso regeneracionista que, al decir del historiador Carlos Seco, supuso una ´romántica eclosión democrática´ en una Europa en la que, sin embargo, los fascismos y el comunismo hacían peligrar el modelo liberal burgués. Una República liberal, democrática y parlamentaria venía a ser, pues, una disonancia en el continente.

Pero aquella ´República de profesores´, miembros de un Gobierno provisional que, de inmediato, abordaron un proceso de reformas (en ámbitos como la educación, la agricultura, la milicia y la religión), iniciaron al mismo tiempo un ilusionante proceso constituyente tendente a la modernización del país. La crisis económica que, desde Wall Street se empezaba a extender por todo Occidente, no fue un obstáculo —al menos inicialmente— para que tanto las primeras reformas políticas y sociales como las contenidas en la Constitución promulgada el 9 de diciembre de 1931 trataran de sacar a España del marasmo en que la había sumido la monarquía de Alfonso XIII.

Pero, como todos sabemos, la República —cuyo artículo 6 de la Constitución de 1931 declaraba su «renuncia a la guerra como instrumento de política nacional»— no pudo impedir que una sublevación militar reaccionaria apoyada por las potencias fascistas acabara con aquel noble intento regeneracionista. La derrota, el exilio forzado de casi medio millón de personas y el abandono subsiguiente de las potencias democráticas europeas condujo a una feroz represión sobre los vencidos. España se convirtió en una inmensa cárcel. Los vencedores se aprestaron a construir un nuevo Estado, edificado bajo las señas del nacionalcatolicismo, un burdo remedo de los totalitarismos nazi y fascista y un culto enfermizo a un pasado imperial. Transcurrieron cuarenta años de oscurantismo social, cultural, económico y político, hasta que una Transición pactada bajo la vigilancia estrecha de los poderes fácticos del franquismo (oligarquía económica, Iglesia y Ejército) nos devolvió una apariencia de normalidad democrática.

Hoy, a ochenta años de aquella República, siguen plenamente vigentes, pendientes,  muchos de los postulados de modernización social y política que intentaron consolidar aquellos políticos republicanos: el auge cultural, el pacifismo, las libertades individuales y colectivas, una economía volcada en lo social, la reforma agraria, la creación de empleo… y, sobre todo, una regeneración ética de la política, que sitúe a los ciudadanos en el centro de las decisiones que les afectan. Sin olvidar algo fundamental: el posible acceso de cualquier ciudadano o ciudadana a la máxima magistratura del Estado.

Aparentemente, hoy la ciudadanía española se muestra sin aparente capacidad de reacción. Pero es sólo apariencia. Empiezan a atisbarse síntomas de rebeldía e indignación ante la corrupción política, la dificultad para encontrar trabajo, ante los privilegios de la Banca y, en paralelo, ante el desmantelamiento del raquítico Estado del Bienestar que había empezado a consolidarse. El malestar ante este deficiente Estado monárquico aún no alcanza cotas que permitan atisbar una alternativa creíble. Pero el debate sobre la actual forma de Estado (Monarquía o República), aún incipiente, está propiciando sin embargo que cada vez sean más personas, sobre todo jóvenes, las que ven en una República la única salida a un sistema político y social en el que la voz de la ciudadanía se deje oír.

No quiero concluir este comentario sin citar el elocuente artículo 1 de aquella Constitución republicana de 1931, el que rezaba literalmente así: «España es una República de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y Justicia». Hoy, a ochenta años de aquella República, la Libertad empieza a estar cuestionada en muchos ámbitos. Y la Justicia, una meta a la que aún aspiran muchos ciudadanos y ciudadanas, sobre todo en estos tiempos en que el poder financiero oligárquico, causante de la crisis económica en que estamos sumidos, presiona para que las decisiones judiciales no interfieran en su poder omnímodo en todos los ámbitos.

1 comentario:

Diego Jiménez dijo...

Nunca está de más recordar este tipo de cosas para entender lo que está pasando o lo que pueda llegar a pasar. Parece que la sociedad actual camina impasible ante los acontecimientos socio-políticos, pero como bien comentas, solo es apariencia.

Esperemos que esos síntomas que empiezan a verse sean las raíces de algo mucho mayor.