viernes, 17 de enero de 2014

MÁS DEMOCRACIA MUNICIPAL

Cuando, como en mi caso, ya se han consumido con creces los sesenta tacos del calendario, es inexcusable echar la vista atrás para recordar aciertos y errores pasados. Aciertos y errores se han dado, cómo no, en mi deambular por la participación política y social, que ha ido consumiendo etapas desde aquellos iniciales escarceos reivindicativos en la Universidad, allá por los años 70 del pasado siglo, hasta mi precoz participación, muy joven aún, en un movimiento asociativo vecinal incipiente, pero que mostraría su pujanza reivindicativa en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Transición democrática. 

En los inicios del año 1983, tras mi activa participación en las asociaciones de vecinos de la barriadas de Vista Alegre y del Polígono del Ensanche de Cartagena de la que fui presidente, con tan sólo treinta años fui elegido, en asamblea vecinal de los barrios de la ciudad y su término, presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Cartagena y Comarca, la que luego denominaríamos Fernando Garrido. Contaba esa junta directiva con valiosas personas, con o sin adscripción partidista, y pronto entendimos que había que darle a esa Federación vecinal un potente sesgo reivindicativo. Eran los tiempos en los que la exigencia de una democracia participativa constituía una de las señas de identidad del movimiento ciudadano. Y así lo entendimos en la Federación: había que reclamar del ayuntamiento de Cartagena el reconocimiento de la Federación como interlocutora vecinal y más cuotas de participación popular directa, pues así lo reconocía el artículo 23 de la Constitución. Tras varias reuniones de la junta directiva de la Federación, una potente asamblea de sus barrios integrantes nos mandató para hacer acto de presencia en el pleno del Ayuntamiento de 22 de junio de 1983. Presidía la Corporación el socialista Juan Martínez Simón, que revalidó la mayoría que, en 1979, había llevado a la alcaldía al también socialista (ya fallecido) Enrique Escudero de Castro

A ese pleno acudimos no menos de cincuenta vecinos y vecinas representantes de distintos barrios de la ciudad. Le pedíamos al alcalde que suspendiera, por unos instantes, el desarrollo del mismo para exponer nuestras peticiones, que consistían, básicamente, en dar voz a los vecinos en las comisiones informativas y en los plenos, cuando la situación así lo requiriera, al tiempo que exigíamos el reconocimiento de la Federación como interlocutora válida ante el Ayuntamiento. La negativa del primer edil municipal condujo, pues, a un encierro vecinal, que duró hasta las cuatro de la mañana del siguiente día, y que tuvo el salón de plenos como escenario. Estaban presentes algunos vecinos que eran trabajadores de empresas como la antigua Bazán (hoy Navantia) y que aguantaron estoicamente allí, a pesar de que debían de comparecer a primeras horas de la mañana en su trabajo. Podíamos abandonar el encierro, pero no salir. Por eso, allí acudieron para aportarnos agua, refrescos y algunos bocadillos varios concejales de la oposición cantonal, socialista y comunista (omito sus nombres porque no quiero dejarme ninguno en el tintero). 

La prensa regional recogía, al día siguiente, con el titular «Tras el encierro, sigue la tensión», la noticia del mismo, con mis propias declaraciones y las del alcalde. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, y tras releer esa noticia con detenimiento (conservo aún la página del periódico), constato lo que entonces, con la bisoñez de mis treinta años y, en consecuencia, con mi falta de experiencia política, me era imposible de captar: que aquella Transición, tantas veces idealizada, nacía con serias carencias democráticas. También en lo referente al ámbito local. Miren lo que afirmaba en la prensa el alcalde Martínez Simón, tras el encierro: «Nos vamos a reunir para establecer criterios y fijar prioridades [para los barrios] con absolutamente todos los presidentes de las asociaciones de vecinos, y supongo que allí estarán los de la Federación». Más adelante decía: «Las pautas que haya de seguir [el Ayuntamiento] se harán en el barrio, que es donde está el movimiento ciudadano, que, por cierto, es mucho más importante y está muy por encima de todos estos 'tiquismiquis' de reconocimiento o no de un Federación». Para terminar afirmando, entre otras cosas: «Esto me suena a intento de hacer política, y para eso están las elecciones y las urnas». 

Unos años después se produjo la desnaturalización del movimiento vecinal, el paso de muchos de sus cuadros dirigentes a la política y la consolidación de la falta de control popular de la acción municipal. Por ello, hoy, aquellas reivindicaciones vecinales están más vigentes que nunca. Cuando la crisis ha sido un pretexto para acabar con las conquistas sociales y democráticas, es tiempo de reivindicar, también en ese ámbito municipal, una necesaria revolución democrática. Un proceso instituyente, al decir de Manolo Monereo (*) que, a través de un movimiento político y social, conduzca a la plena recuperación de la soberanía popular. La que exigíamos aquellos jóvenes utópicos de los años 80.

(*) Monereo, Manolo. De la crisis a la revolución democrática. Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2013.


3 comentarios:

Oso marchoso dijo...

Que es el ayuntamiento si no sus barrios.
Ayuntamiento viene del latín iugum (palo que sirve para unir dos bueyes) o sea yugo, y se utiliza para definir lo que se une, como cónyugue, adjunto, conjunto etc.
La federación de barrios, a mi modo de ver, es más ayuntamiento que que el subyugamiento de la institución.

Diego J. dijo...

Así es, amigo finchu. Veo que estás puesto en Latín. Era mi asignatura fuerte en aquel bachillerato franquista: Matrícula de Honor en 6º y Preu, jejeje.

Oso marchoso dijo...

Jejeje, lo miré en la wikipedia, pero tu ya lo sabes, soy hombre de taller, y aunque las letras siempre me gustaron, no paso de intentar expresar lo que pienso, con las menos faltas de ortografía posible.