martes, 20 de abril de 2021

UNA NECESARIA LEY DE MEMORIA DEMOCRÁTICA

 https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2021/04/20/necesaria-ley-memoria-democratica-48492805.html

 

Asistí el pasado día 16 a los actos programados por el Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza en homenaje a la II República española, de cuya proclamación se han cumplido noventa años. Acompañado de la buena música y poesía de mi amigo yeclano Vicente Palao, diserté sobre el proyecto de ley, en trámite parlamentario, de Memoria Democrática, texto que ha de sustituir a la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, aprobada durante el Gobierno de José Luis R. Zapatero. 

En nuestro país, a 82 años del final de la Guerra Civil, y a diferencia de Alemania e Italia, en donde no existe, sí sigue siendo necesaria una ley de Memoria Democrática. Las intervenciones de la oposición de derechas en el Parlamento el pasado día 14, con ocasión del Día de la República, virulentas y en extremo vomitivas, demuestran que no hemos superado las secuelas de la dictadura.

Y es que nuestra actual democracia, el ‘edificio’ de la Transición política, se construyó sobre unos cimientos basados en la impunidad de los crímenes del franquismo. Hoy, esa impunidad coexiste con un revisionismo histórico que niega o relativiza esos crímenes de la dictadura, sin olvidar la posición de historiadores que, como Hugh Thomas, mantienen una equidistancia respecto de la responsabilidad de los dos bandos (en realidad, el único bando existente fue el de los militares golpistas, frente a quienes defendían la legalidad republicana). Esa equidistancia ha sido negada por Paul Preston en su documentado libro El holocausto español en el que expone, sin cortapisas, los crímenes cometidos en la retaguardia republicana, pero de ninguna manera comparables, cuantitativa ni cualitativamente, a los actos criminales y al horror que las tropas de Queipo de Llano y Franco desataron en su avance por tierras andaluzas y extremeñas en los primeros momentos de la guerra, como anticipo de lo que sería la cruel represión posterior. 

Porque los datos no engañan: una dictadura sanguinaria de casi cuarenta años de duración vino precedida de una guerra, mal llamada civil, que provocó medio millón de muertos, igual número de exiliados, el exilio interior, más de 120.000 desapariciones forzadas, 10.000 españoles deportados a los campos de exterminio nazi con la complicidad de Franco y de Serrano Suñer, el trabajo esclavo, la horrible represión también sobre la mujer, el robo de bebés, la incautación de bienes de republicanos, etc. 

Hasta ahora, el Estado monárquico, amparándose en una política de reconciliación entre los españoles, no ha reconocido en nuestro país el esfuerzo y el sacrificio de aquellos republicanos y republicanas que lucharon por la libertad. La paradoja es que el jefe del Estado sí asistió fuera de nuestras fronteras, en París (2015), junto a la alcaldesa de esa ciudad, Anne Hidalgo, al acto de inauguración del Jardín de la Nueve, como homenaje a aquella compañía del general Leclerc, integrada básicamente por españoles, que entró en París el 24 de agosto de 1944. Pero Felipe VI, en su discurso, en ningún momento recordó la condición de republicanos de aquellos españoles. 

Destacados historiadores y analistas insisten en que, como justificación de esa política de reconciliación de la población española, se ha extendido un tupido velo sobre ese aciago periodo de nuestra Historia; se han practicado políticas de desmemoria que han impregnado incluso los contenidos curriculares de la enseñanza. Políticas de desmemoria que coexisten, como decíamos arriba, con la impunidad que se ha instalado en nuestro ordenamiento jurídico. 

La Ley 46/1977, de 15 de octubre, de Amnistía, en sus artículos 2.e y 2.f es muy explícita en este sentido, pues consolida la prescripción de los crímenes franquistas. Razón por la que, hoy, los magistrados del Tribunal Constitucional (TC) tienen ante sí una complicada tarea: según una información de prensa de hace unos días, han de dictaminar si los juzgados españoles investigan esos crímenes. Hasta ahora, basándose en esa Ley, el TC había venido avalando los archivos de las demandas presentadas por grupos de familias de las víctimas, que siguen esperando que el TC admita a trámite sus recursos de amparo.

Este movimiento reivindicativo, que empieza a producir ‘grietas’ en el hasta ahora monolítico criterio de la judicatura sobre el sobreseimiento de esos casos, tiene lugar precisamente cuando el Gobierno tramita un proyecto de Ley de Memoria Democrática que contempla dotar al Tribunal Supremo de una Fiscalía especializada en la investigación de los crímenes del franquismo; Fiscalía que nace con ciertas limitaciones a juicio de las asociaciones memorialistas, pues no se le dota de contenido para enjuiciar esos crímenes. Una vez más, la Ley de Amnistía actúa como ‘tapón’. 

El proyecto de ley de Memoria Democrática presenta, a juicio de asociaciones memorialistas de todo el Estado, algunos avances respecto al texto vigente de diciembre de 2007. Sin ánimo de ser exhaustivo, podríamos destacar: el reconocimiento jurídico de las víctimas del franquismo por el Estado español; el tratamiento de los lugares de la Memoria, que representa una evidente mejora respecto de la ley de 2007; la creación de un Banco de ADN, el Censo de Víctimas y la apuesta por un mapa de fosas permanentemente actualizado; la eliminación de la simbología franquista; la implantación de la Memoria Histórica en el sistema educativo; la condena de la apología del franquismo y la extinción de fundaciones y asociaciones que exhiban dicha apología; la resignificación democrática del Valle de Cuelgamuros (los Caídos), etc. 

Dicho esto, el nuevo proyecto de ley presenta algunas limitaciones y carencias. Para empezar, y por sintetizar, la condena del franquismo debería ocupar un punto único (artículo 1º) y adecuarse a las Resoluciones de las Naciones Unidas. En cuanto a la fecha que cubre la ley, debería ampliarse hasta 1983 (y no sólo hasta 1975), porque desde 1975 a ese año hubo unos doscientos asesinatos por parte de las fuerzas de orden público y miembros de la extrema derecha. La eliminación de la Ley de Amnistía, o al menos los artículos 2e y 2f, sigue siendo una reivindicación inaplazable.

Parece una omisión grave, absolutamente inaceptable, que, como víctimas del franquismo, no se cite a los integrantes de la Unión Militar Democrática (UMD) que fueron perseguidos, condenados a penas de prisión o expulsados de las Fuerzas Armadas. Por otra parte, creemos que la guerrilla antifranquista debería tener un artículo específico.

El proyecto de ley establece el día 31 de octubre (ese día de 1978 las Cortes aprobaron la Constitución) como recuerdo de las víctimas del franquismo, pero hay otras fechas más significativas: 27 de septiembre, fecha de los últimos fusilamientos de la dictadura en 1975; 26 de abril, aniversario del bombardeo de Guernica en 1937; o la del 8 de febrero de ese año, aniversario de la masacre de la carretera de Málaga-Almería. 

La ley declarará la nulidad de las resoluciones y condenas dictadas por los órganos de represión franquistas, que asimismo se declaran ilegítimos. Pero el término ilegitimidad es sólo una categoría moral, carece de validez jurídica: lo suyo sería declarar tanto las sentencias franquistas como los tribunales y toda la legislación represiva como nulos e ilegales. 

Estos son algunos de los aspectos más destacables de una Ley totalmente necesaria en esta España en donde la intolerancia y el regreso al pasado parecen estar al día. Porque, como concluye un excelente documental realizado por la Asociación de la Memoria Histórica de Cartagena (MHC), titulado Cartagena: los Lugares de Memoria y estrenado el pasado día 14 en esa ciudad, «los pueblos que olvidan su pasado están condenados a ser manipulados».

PARAR EL FASCISMO

 https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2021/04/06/parar-fascismo-46106530.html

 

 

Dentro de unos días, conmemoraremos la proclamación de la II República en la Puerta del Sol de Madrid, en la tarde del día 14 de abril de 1931. Y precisamente cuando redacto unas líneas para rememorar esa efeméride, me llegan noticias del ataque de la ultraderecha (la misma a la que el presidente murciano López Miras ha dado carta de naturaleza, integrándola en su Gobierno) a la sede de Podemos en Cartagena, lo que lamentablemente refuerza las conclusiones de mi artículo.

LA II REPÚBLICA, ‘UNA ROMÁNTICA ECLOSIÓN DEMOCRÁTICA’. 

Pocos discuten hoy que la II República española, que según el historiador Carlos Seco Serrano «nace como una romántica eclosión democrática, cuando parece eclipsarse el signo democrático en Europa», supuso la consolidación en España de la democracia parlamentaria, ahondando en la solución de problemas largamente aplazados como el regionalismo, el laicismo y la economía social. 

En esos años, tanto en Europa como en gran parte del mundo, los valores democráticos estaban en claro declive debido a la gran crisis económica que había empezado a finales de 1929. Para superarla, los países comenzaron a entregarse a diferentes regímenes como el fascismo, el nazismo o el estalinismo soviético. Sin embargo, España hizo exactamente lo contrario y, para resolver sus problemas, los dirigentes republicanos optaron por una línea democrático-burguesa y reformista en abril de 1931; no obstante, durante el primer quinquenio republicano (1931-1936) se produjo una exacerbación de la lucha de clases con el desenlace conocido de la Guerra Civil o, mejor, Guerra de España.

REFORMISMO BURGUÉS, REACCIÓN CONTRARREFORMISTA Y SUBLEVACIÓN MILITAR. 

Hoy, en que el debate sobre la necesidad de abordar cambios en la Constitución de 1978 (CE78) está en la calle, es bueno recordar algunos aspectos de aquella Constitución de 1931 (CE31), promulgada por el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, el 9 de diciembre de ese año. El nuevo texto constitucional llevaba la impronta de las Constituciones de Weimar y de Austria y recogió de la mexicana los derechos fundamentales de la ‘tercera generación’ (sociales y económicos). Se reconoció la soberanía popular, posibilitando el voto electoral de las mujeres por primera vez, se aprobaron leyes de protección laboral obrera, de salario mínimo y de jornada de trabajo máxima, se secularizaron los cementerios, se instauró la ley del divorcio y se abolieron los privilegios jurídicos por razón de sexo, que se plasmaban en penas desiguales en caso de adulterio.

En algunos aspectos, la CE31 es más avanzada que la CE78, por ejemplo, en su artículo 44: «Toda la riqueza del país, sea quien sea su dueño, está subordinada a los intereses de la economía nacional», añadiendo, además, que «la propiedad de toda clase de bienes podrá ser objeto de expropiación forzosa», lo cual supera el tibio principio de economía social esbozado en el artículo 128 de la CE78. 

La Constitución republicana supera también a la actual en su vocación pacifista, pues el artículo 6 expresa que «España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional». 

Abordó parcialmente la articulación territorial del Estado, la asignatura pendiente también hoy en el Estado español, pues los ponentes del texto, con Jiménez de Asúa a la cabeza, quizás teniendo muy presente el fracaso del proyecto de Constitución Republicano Federal de 1873, diseñaron un ‘Estado integral’, compatible con la autonomía de los municipios y las regiones, sobre todo, las comunidades históricas: Cataluña, Euskadi y Galicia.

En lo referente a las relaciones Iglesia-Estado, es sabido que la legislación religiosa abordada por la República fue mucho más avanzada que lo estipulado en el ambiguo artículo 16 de la CE78, que define, tibiamente, la aconfesionalidad del Estado, pero manteniendo relaciones de cooperación con la Iglesia católica y demás confesiones religiosas (art. 16.3). 

La reforma agraria constituyó también, como es sabido, un ‘casus belli’ por parte de las fuerzas de la reacción. Las manifestaciones anticlericales y los sucesos de Castilblanco, Arnedo y Casas Viejas y el escándalo del estraperlo llevaron al debilitamiento del Gobierno de Azaña y a la victoria de las derechas en noviembre de 1933. Las actuaciones contrarreformistas del nuevo Gobierno presidido por Alejandro Lerroux exacerbaron la lucha de clases en el país con la Revolución de Asturias de 1934 y el advenimiento del Frente Popular en febrero de 1936. 

Tras el triunfo de esta coalición de izquierdas, la reacción de las derechas no se hizo esperar. Los monárquicos, agrupados en Renovación Española (Calvo Sotelo y Goicoechea), ya venían conspirando desde el mismo momento de la proclamación de la República (según nos demuestra el profesor Ángel Viñas en ¿Quién quiso la Guerra Civil?). Unieron sus fuerzas a la CEDA (Gil Robles), cuyas juventudes, radicalizadas, no disimulaban su admiración por el fascismo italiano, a la Comunión Tradicionalista (Fal Conde), y a la Falange Española de las JONS (José Antonio Primo de Rivera). Contando con la colaboración de medios propagandísticos de la derecha como el católico El Debate, de Herrera Oria, o el monárquico Abc, de Torcuato Luca de Tena, con la ayuda financiera del contrabandista y banquero Juan March y la interesada ‘ayuda’ de Hitler y Mussolini asestaron el golpe militar definitivo contra la República los días 17 y 18 de julio de 1936.

HOY, COMO AYER, SE IMPONE FRENAR AL FASCISMO.  

Dicen que la Historia no es cíclica (o quizás, sí), pero hay hechos que responden a parámetros y causalidades similares. Salvando las debidas distancias de tiempo y contexto históricos, es claro que la España actual está inmersa en una crisis multicausal que tiene como referente inmediato la del sistema político implantado tras la CE78. Hoy, como en el inicio de la década de los años 30, nos hallamos ante un cuestionamiento de la legitimidad monárquica, lo que alimenta un incipiente movimiento prorrepublicano; está sin resolverse la articulación territorial del Estado; la crisis económica y sanitaria golpea a los sectores populares más vulnerables; hay cierta división en la izquierda; en el principal partido del Gobierno, el PSOE, se evidencian las mismas diferencias ideológicas que mantenían dirigentes como Besteiro e Indalecio Prieto respecto de Largo Caballero; y, como durante la tercera etapa de aquella República, contamos con un Gobierno de coalición de izquierdas que es objeto, como entonces, de un indisimulado acoso tendente a derribarlo. 

Pero, y sobre todo como entonces, un fascismo emergente, que nunca nos abandonó del todo, muestra sin pudor alguno su auténtico rostro (el atentado a la sede de Podemos en Cartagena es muy preocupante). La extrema derecha se ha lanzado abiertamente, en un contexto de pasividad social y alentada, sin duda, por quienes política y mediáticamente normalizan su presencia blanqueando sus actuaciones y sus discursos y ubicándola en lo que llaman el centro derecha, a copar las instituciones y, lo que es peor, la mente de las gentes. 

Mucho se viene hablando del necesario proceso constituyente para el advenimiento de la III República. Pero en ese proceso (y sé que es complicado) hay que impulsar, al igual que durante el 15M, un amplio movimiento popular antifascista que salvaguarde las libertades y que consolide un marco político en que los derechos sociales y laborales, la superación de las desigualdades, la lucha contra el racismo y la discriminación por motivos de género, el feminismo, el pacifismo y una nueva relación amable con la Naturaleza supongan la alternativa y el antídoto contra quienes, como en la España del 36, sólo siembran el odio y el regreso al pasado más tenebroso. 

Y ya sabemos a qué condujo aquello.

miércoles, 24 de marzo de 2021

INMATRICULACIONES Y RELACIONES HISTÓRICAS IGLESIA-ESTADO

https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2021/03/24/inmatriculaciones-relaciones-historicas-inglesia-45018725.html

Firma por el Gobierno español de  los Acuerdos con el Vaticano en enero de 1979
 

El pasado miércoles, 10 de marzo, el Pleno del Senado rechazó, con los votos en contra de PSOE, PP, Vox y PNV, una moción del Grupo Parlamentario Esquerra Republicana-Euskal Herria Bildu por la que se instaba al Gobierno a realizar los cambios legales necesarios para revertir las inmatriculaciones de la Iglesia católica. «Es un insulto a la democracia, el Gobierno quiere cerrar en falso este expolio, en simbiosis con la Conferencia Episcopal […]. Este es un tema de Estado y tiene que tener una solución de Estado», resumía Juanjo Picó, de Europa Laica.

Para entender la inacción del Estado en el expolio de más de 35.000 bienes de todo tipo (iglesias, fincas, inmuebles, etc.) en manos de la Iglesia, es indispensable adentrarse, sucintamente, pues no es posible abordar in extenso un tema de tal complejidad en los límites de este artículo, en las relaciones Iglesia-Estado desde la Edad Moderna, para constatar cómo la institución eclesiástica ha sido, y es, un fuerte grupo de poder que se ha impuesto, en determinados momentos, a la propia acción del Estado.

DEL REGALISMO BORBÓNICO AL LIBERALISMO BURGUÉS. La España del Antiguo Régimen constituyó el único país de lo que fue la Cristiandad en la Edad Media donde se verificó el aforismo eijus regio, ejus religio, una frase latina que viene a decir que la religión del príncipe se aplica a todo el territorio.

Pero sería en el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones, cuando se ponen en marcha los acuerdos con la Santa Sede. Así, en el reinado de Felipe V se firmaron sendos acuerdos, en 1717 y en 1737, que ponían fin a las malas relaciones diplomáticas entre Felipe V y el papado por la Guerra de Sucesión y las campañas bélicas italianas, respectivamente.

Durante el reinado de Fernando VI, con el Concordato de 1753, el papado concedía el patronato regio universal sobre toda la Iglesia española a cambio de la concesión de privilegios económicos a la Iglesia. Este Concordato estuvo en vigor hasta el que se firmó en 1851. Durante ese periodo, en los reinados de Carlos III y Carlos IV, la Iglesia se convirtió en un verdadero aparato estatal, pues disfrutó, además, del llamado fuero eclesiástico.

En cambio, y paradójicamente, con las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, claramente confesional, se va a reforzar la preponderancia de la Iglesia en las relaciones con el Estado. Puede afirmarse que, así como el Concordato de 1753 contemplaba la dependencia de la Iglesia con respecto al Estado, la Constitución de Cádiz contemplaba la del Estado respecto de la Iglesia, la conocida Alianza del Trono y el Altar, algo que tendría consecuencias cuando se intente aplicar realmente la Constitución durante el Trienio Liberal (1820-23). Por supuesto, durante la Década Ominosa (1823-1833) Roma no puso objeción alguna a Fernando VII para el nombramiento de obispos, muchos de los cuales debieron sus cargos a su virulenta oposición a los liberales. Esta posición ultramontana de la Iglesia, con su apoyo a la causa carlista, está detrás del anticlericalismo popular que condujo a la matanza de frailes en Madrid en 1834, y en Barcelona y Reus en octubre de 1835. En Murcia, en la noche del 31 de julio de 1835 ardían los conventos de Capuchinos, San Francisco, Santo Domingo, La Merced y hubo un intento de quema del de San Agustín.

Desde 1835 (fecha de la expulsión de España de la Compañía de Jesús) hasta 1845, las relaciones Iglesia-Estado sufren un serio deterioro, agravado, además, por el proceso desamortizador puesto en práctica por Mendizábal.

En 1845 se aprobó la Ley de Donación de Culto y Clero, que restituía a la Iglesia católica los bienes desamortizados y no vendidos. Posteriormente, el nuevo Concordato de 1851, firmado entre Isabel II y Pío IX, reafirmó la unidad católica (y, por tanto, la confesionalidad del Estado, que ya establecía el artículo 11 de la nueva Constitución de 1845), otorgaba a la Iglesia el privilegio de la fiscalización de la Enseñanza, no sólo en los colegios sino en las escuelas públicas, la jurisdicción propia sobre sus miembros, la capacidad de censura y el derecho a adquirir y poseer bienes que ya no serían objeto de desamortización. A cambio, la Iglesia se comprometía a reconocer como reina a Isabel II. Está claro que este texto, derogado durante la II República para volver a estar vigente hasta el Concordato franquista de 1953, supuso, respecto al de 1753, una increíble pérdida de las prerrogativas estatales. Habrá que esperar a la Revolución de 1868 y a las nuevas Constituciones de 1869 y a la canovista de 1876 para que el Estado implantara, al menos, la libertad de cultos.

DE LA LAICIDAD DURANTE LA II REPÚBLICA HASTA HOY. Durante la II República, derogado el Concordato de 1851, se puso en marcha, como es sabido, toda una amplia legislación estatal tendente a limitar el enorme poder que, hasta entonces, había detentado la Iglesia, lo que condujo a las tensiones con el episcopado y el papado ya conocidas. La legislación republicana incidía en la libertad de conciencia y de cultos, la jurisdicción civil de los cementerios, el respeto a las creencias religiosas en el ámbito privado, la plena validez del matrimonio civil, la aprobación del divorcio, etc. Una clara laicidad del Estado que sería interrumpida bruscamente tras la Guerra Civil.

El dictador Franco, una vez ‘reconocido’ ya por algunas potencias occidentales, se dispuso a ‘poner orden’ en las relaciones con Roma. La dictadura franquista, sobre todo en su etapa inicial, implantó el nacionalcatolicismo, es decir una clara identificación Iglesia-Estado, que tuvo su reflejo en el Concordato de 1953. Por resumir, ese acuerdo otorgó a la Iglesia católica un extraordinario conjunto de privilegios: matrimonios canónicos obligatorios para todos los católicos; exenciones fiscales; derecho de censura de materiales bibliográficos, musicales y cinematográficos y de constituir universidades; exención del servicio militar para el clero; monopolio católico sobre la enseñanza religiosa en las instituciones públicas educativas, etc. Además, recordando la vieja política regalista borbónica, se confirió el derecho de presentar una terna de obispos por parte del dictador. Sin olvidar la fachada propagandística que condujo al reconocimiento internacional del régimen franquista.

El régimen concordatario en España culminó con el Acuerdo preconstitucional entre el Estado y la Santa Sede sobre nombramientos de arzobispos, obispos y vicario general castrense y fuero judicial, del 28 de julio de 1976, y con otros cuatro Acuerdos, casi con el mismo carácter de preconstitucionales, pues fueron negociados secretamente cuando se elaboraba la Constitución de 1978 por Marcelino Oreja y el secretario de Estado del Vaticano, Jean Villot, y dados a conocer el 3 de enero de 1979, sólo cinco días después de la entrada en vigor de la Constitución.

De dichos Acuerdos, sobre Asuntos Jurídicos, Enseñanza y Asuntos Culturales, Asuntos Económicos y sobre Asistencia religiosa a las Fuerzas Armadas, destacamos, por su repercusión actual, el relativo a la Enseñanza y el de Asuntos Económicos.

En los Acuerdos sobre la Enseñanza, y en la línea del artículo 27 de la Constitución de 1978 (CE78), se mantiene la obligatoriedad por parte del Estado de la oferta obligatoria de la educación religiosa en los centros docentes, aunque con carácter voluntario para las familias. Por otra parte, el Acuerdo sobre Asuntos Económicos, al mantener las exenciones fiscales y una asignación del Estado a la Iglesia Católica, nos retrotrae a la decimonónica ‘asignación de culto y clero’.

Un Estado moderno, que se define aconfesional, debe romper esas ataduras del pasado con la Iglesia católica pues el artículo 16.3 de la CE78, de una ambigüedad calculada, estipula claramente que el Estado establecerá relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y otras confesiones. Para ello, se impone denunciar los Acuerdos de 1979 con la Santa Sede. Y, al mismo tiempo, recuperar los bienes de dominio público en manos hoy de aquélla.

jueves, 11 de marzo de 2021

MEMORIA HISTÓRICA EN LA ESCUELA, LA ASIGNATURA PENDIENTE

https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2021/03/11/memoria-historica-escuela-asignatura-pendiente-40221886.html 

El pasado martes, día 2, tuve el honor de presentar, en actividad coordinada por el catedrático de Historia de la Universidad de Murcia (UMU), Pedro María Egea Bruno, a Enrique Javier Díez Gutiérrez, profesor de la Universidad de León, que disertó ante el alumnado de Grado y Máster de Historia sobre el silencio, el miedo y el olvido que, en temas de Memoria Histórica, impuso la dictadura franquista, y que aún se puede percibir en las páginas de los libros de texto. 
Dicha conferencia telemática fue una más de las actividades organizadas por AFErEM (Asociación Futuro de la Educación de la Región de Murcia), por la UMU y la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT), en el contexto de las VII Jornadas ‘Una Educación para el siglo XXI. Miradas desde las Ciencias y las Artes’, que vienen celebrándose en la Región.

DESCONOCIMIENTO DEL ALUMNADO

Enrique Javier Díez Gutiérrez expuso una síntesis del contenido de su libro La asignatura pendiente (Plaza y Valdés Editores, 2020), afirmando que generaciones enteras de alumnos/as españoles siguen sin conocer bien en qué consistió la Guerra Civil, la represión franquista y la lucha contra la dictadura tras la Guerra Civil, lo que le llevó a escribir ese libro.

 “Fuimos conscientes de ello cuando participamos en la producción y realización del documental Los campos del silencio, dirigido por Eloina Terrón, sobre los campos de concentración franquistas”, nos aclara. En la última parte del documental, se preguntaba a un grupo de estudiantes de Fabero del Bierzo (León) sobre el que había estado ubicado en su pueblo, de 1939 a 1947, y en el que unos 250 presos republicanos trabajaban como esclavos para una empresa privada (Minas Moro), afecta al régimen. Los alumnos y alumnas del instituto no sabían que en su propio pueblo hubo uno de esos campos de trabajos forzados. Decidido a colmar dicho vacío, impulsó, junto a otros profesores universitarios, una ‘radiografía’ de los libros de texto de secundaria y bachillerato que abordan esa época histórica, al tiempo que elaboraron una encuesta, entrevistando a más de 600 profesoras y profesores de Historia de institutos de todo el país, sobre su percepción de los contenidos en los manuales.

LEY DE AMNISTÍA, LEY DE PUNTO FINAL

El profesor afirma en su libro que el desconocimiento de nuestra Memoria Histórica viene de lejos, pues, durante la Transición, la supuesta necesidad de consolidar el régimen democrático y, al tiempo, la continua alusión al ruido de sables condicionó la posibilidad de desarrollar una política de la Memoria que permitiera señalar, responsabilizar y juzgar a los torturadores y cómplices de la dictadura. “La Transición”, afirma, “se edificó sobre una amnesia inducida que establecía una falsa equidistancia entre vencedores y vencidos, y eso se ha acabado plasmando en los libros de texto”. A mayor abundamiento, la Ley de Amnistía de octubre de 1977, una Ley de punto final, está impidiendo, de hecho, juzgar los crímenes contra la humanidad de ese aciago régimen, pues los jueces vienen inhibiéndose en las sucesivas demandas que vienen presentándose por parte de los familiares, amparándose en la prescripción de esos delitos y en la existencia de esa misma ley.

LOS ‘MASS MEDIA’ Y LAS EDITORIALES NO SON NEUTRALES

Tanto los medios de comunicación como el universo editorial no son neutrales, pues se muestran proclives al falseamiento de la realidad y al mantenimiento de una ‘memoria cómoda’, nada inquietante, y blanqueadora, hoy, del fascismo emergente. En 2º de bachillerato, más de la mitad de los libros analizados (el 60%) aporta una visión sesgada de las causas de la Guerra Civil. El texto de Anaya, por ejemplo, afirma que “la vida política española se vio asfixiada por el radicalismo proletario y la degradación del orden público”, situando claramente la responsabilidad de la guerra en la clase obrera y en la incapacidad de las autoridades republicanas para mantener el orden.

El libro de 5º de primaria de esa misma editorial explica que “la guerra se produjo porque no se respetaron las normas democráticas”, pero no aclara quién las incumplió: obvia la responsabilidad directa de las élites dominantes, el Ejército, los monárquicos y sectores de la Iglesia en la preparación y ejecución del golpe de Estado contra la legalidad republicana.

Pero, además, los textos escolares, en general, omiten directamente o tratan muy por encima cuestiones como la resistencia antifranquista de los años 60 y la lucha guerrillera durante los veinte años anteriores; los mecanismos de incautación de bienes de familias republicanas, lo que está en el origen de las grandes fortunas de empresas que hoy cotizan en el IBEX35; el exilio republicano, interior y exterior; los campos de concentración de Franco, documentados por Isaías Lafuente y Carlos Hernández de Miguel, entre otros; la brutal represión sobre las mujeres republicanas, humilladas con el rapado de pelo y la ingesta forzosa de aceite de ricino, para mayor escarnio público por las consecuencias físicas que ello les producía, además de ser víctimas de violaciones;  los experimentos con las prisioneras para descubrir y erradicar el ‘gen rojo’ de Vallejo-Nájera; o el secuestro y el robo de bebés para traficar con ellos, etc.

UNIDADES DIDÁCTICAS CONTRA EL OLVIDO Y LA EQUIDISTANCIA

Lo anteriormente expuesto demuestra que, en relación con la Guerra Civil, se refuerza la teoría de la equidistancia: al citar a los ‘bandos’ enfrentados se obvia que en realidad hubo, es cierto, un bando sublevado, pero de ninguna manera puede considerarse como tal [bando] a quienes se vieron obligados a tomar las armas para defender la legalidad republicana.

Esta situación no es ajena a la labor diaria del profesorado a pie de aula, porque, aunque protegido por la libertad de cátedra, si no rompe con la sujeción al libro de texto, está muy condicionado por los contenidos ideológicos que imponen las editoriales. Por ello, es muy difícil mantener en el aula una actitud crítica, a la vista de que en la sociedad se ha impuesto una amnesia colectiva y el relato de la derecha conservadora y de grupos de extrema derecha (VOX), impulsando el ‘pin parental’, para relegar al olvido la verdad sobre el ominoso régimen franquista y la represión de esa dictadura.

Por eso, Díez Gutiérrez y el equipo de profesores/as de la Universidad de León, en vista de que  los contenidos, relativos a la II República, la Guerra Civil y el franquismo, que suponen el 10% en los libros de texto, no se corresponden a los 44 años reales que abarcan esos periodos, se pusieron manos a la obra y realizaron unas unidades didácticas tendentes a recuperar la parte de la memoria olvidada o silenciada en el currículo escolar, porque, recuerdan, “…no se puede construir un futuro con un pasado basado en la impunidad, porque para ser demócrata, en definitiva, hay que ser antifascista”. Esas unidades didácticas, pronto agotadas, han vuelto a ser publicadas por la Editorial Plaza y Valdés. Los autores, además, han puesto las mismas a disposición de la Secretaria de Estado de Memoria Democrática, para su envío a todas las comunidades autónomas y que lleguen, a su vez, a todos los institutos de secundaria.

Estiman que lo ideal sería que esos contenidos fueran integrados en los libros de texto y en el currículo ordinario, para salvar situaciones embarazosas para muchos profesionales. Una profesora confesó que “cuando yo llego a la época de la Guerra Civil, paso de puntillas por el tema y no entro mucho porque hay alumnos de los dos bandos, hay que ser equilibrado en la docencia”.

 Ese argumento, el de la equidistancia, está muy presente en muchos libros de texto y forma parte de una cultura educativa muy preocupante que hay que superar.

Diego Jiménez García. Profesor de Historia @didacMur